el enterrador

El 17 de marzo de 1942 nacía en Chicago John Wayne Gacy, el asesino en serie que conmocionó a la opinión pública americana de la década de los 70 por pasar de ser un ciudadano ejemplar a terrible homicida psicópata.

El peso de una infancia acomplejada

Poco se imaginaba el padre de Wayne que las humillaciones por las que hacía pasar a su hijo, con constantes alusiones a su obesidad y ambigüedad sexual, marcarían la mente de un psicópata en potencia.  La convivencia en un ambiente familiar emocionalmente desestructurado fue determinante para el estado mental de nuestro protagonista, que desarrolló un perfil inseguro y con tendencia al sentimiento de culpabilidad.

A pesar de una infancia llena de conflictos, consiguió crear el entorno familiar estable que nunca tuvo y ocupar un puesto relevante dentro del mundo laboral, destacando como gran comercial y empresario. Incluso llegó a optar a un cargo político sin tener apenas estudios. Le dominaba su deseo de ser relevante y conseguir una parcela de dominio público, un reconocimiento; algo que le fue sencillo gracias a sus dotes de elocuencia y capacidad para conseguir atraer la atención.

Padre de dos hijos y familiarizado con la infancia, solía organizar grandes fiestas en las que se disfrazaba de payaso para entretener a los niños. Sin embargo, detrás de esa cara divertida se escondía el mayor peligro para los menores: un hombre sádico y sangriento.

 

Un asesino con cara de payaso

El modus operandi del payaso asesino partía del engaño. O bien se ofrecía a llevar a sus víctimas en su coche o les citaba en su casa con la excusa de ofrecerles un trabajo de albañil en su empresa. Una vez allí, les drogaba con cloroformo, les llevaba a su sala del terror, donde se encontraba un completo instrumental de tortura, y se deleitaba llevando a la práctica su sodomía. Finalmente los estrangulaba y enterraba los cuerpos sin vida en el jardín o en el sótano.

Entre 1972 y 1978 asesinó a 33 personas, todos eran menores de edad. Su casa comenzó a ser famosa por el olor que desprendía, un hedor putrefacto de carne en descomposición. De todas las víctimas, solo dejó con vida a Jeffrey Rignal, un adolescente cuya declaración fue concluyente para el futuro del payaso asesino.

Personalidad múltiple

La elección de la figura de un payaso parece ser debida a la identificación con su infancia traumática. Situación que le generó el padecimiento de graves disfunciones sexuales y motivo por el que buscó en la sodomía y asesinato un antídoto contra la impotencia. Por otro lado, sus víctimas eran masculinas, calmando así otro de los traumas infligidos por su padre: la culpabilidad por ser homosexual. Esencialmente, cuando torturaba y mataba a sus víctimas, acababa con su propia imagen de la infancia a modo de expiación de su culpa o falsos pecados.

Con una personalidad altamente antisocial, pero con un cinismo de tal nivel que solía organizar reuniones en su casa sin importarle levantar sospechas. Parecía no ser consciente de la gravedad de sus acciones criminales, como si fuera capaz de separar su faceta de asesino de la de anfitrión ejemplar, producto de su falta de conexión con la realidad, casi como si sufriera un desdoblamiento de la personalidad.

Otros de sus rasgos más relevantes son el egocentrismo y el deseo de dominación. No le bastaba con asesinar a sus víctimas, necesitaba recrearse en su castigo, sentir que sus víctimas sufrían y suplicaban, igual que Wayne lo hacía con su padre. Necesitaba castigar su imagen juvenil y adquiría la figura dominante de su padre.

La casa del enterrador

Sus actos criminales llegaron a su fin en diciembre de 1978, tras la desaparición de un adolescente de 15 años que había acudido a la casa del payaso Pogo a pedir trabajo. La policía abrió una investigación y descubrió que John Wayne ya contaba con antecedentes penales y había estado en prisión en dos ocasiones por acoso, agresión y violación de adolescentes.

La policía consiguió una orden de registro de su casa y se encontró con un amplio instrumental de tortura. Wayne confesó sus crímenes, facilitando la tarea de localización de víctimas dentro de su casa y dibujando un mapa del lugar donde yacían los cuerpos en descomposición. La explicación del hedor que rodeaba el hogar del payaso por fin cobraba sentido.

Un pintor en el corredor

En 1986 se celebró el juicio por el asesinato de 33 jóvenes y fue condenado a pena capital. Wayne alegó que tenía varias personalidades. La de asesino era una de ellas, pero no consiguió suavizar su pena e ingresó en prisión a la espera de la inyección letal que acabaría con su vida en 1994.

Mientras tanto y entre rejas fue cuando surgió en él una nueva personalidad, la de artista. Se dedicó a pintar cuadros de payasos durante los 14 años que pasó aguardando a la muerte. Algunas personalidades del mundo del espectáculo adquirieron sus obras, conservándolas como fetiches.

También te puede interesar