el necrófilo loco

El 24 de noviembre de 1946 nacía en Vermont (EEUU) uno de los asesinos en serie que más impacto tendría en la sociedad moderna americana. Su especialidad: sodomizar y asesinar brutalmente a universitarias.

Una infancia de mentiras y doble moral

La infancia de Theodore (Ted) Bundy estuvo marcada por una gran mentira. Sus abuelos asumieron la identidad de auténticos progenitores para ocultar una maternidad inmoral ante la sociedad. Una protección moral paradójica, considerando los actos que se desarrollaban en el interior del falso hogar: su abuelo era un hombre violento, aficionado a la pornografía y al maltrato humano y animal, actitudes que no escondía ante los ojos de su hijo/nieto.

La sociopatía de un ciudadano ejemplar

De adulto, Ted Bundy supo sobreponerse a su infancia, aparentemente, y llegó a ocupar un lugar de prestigio en la sociedad. Cursó Psicología y Derecho e incluso fue aspirante a gobernador del estado. También fue condecorado por la policía tras salvar a un niño de morir ahogado y realizó varias actividades comunitarias, entre otras bondades.

Pese a sus logros y reconocimientos públicos, no se sentía integrado en la sociedad y acudió al sexo violento como vía de escape y, posteriormente, al asesinato y la sodomía. Su fijación serían las estudiantes universitarias de clase media con pelo largo, negro y liso, casualmente el mismo aspecto que el de la estudiante universitaria de la que se enamoró unos años atrás.

El cebo de un desvalido

El modus operandi era siempre el mismo: actuaba en campus universitarios o cerca de supermercados a plena luz del día, seleccionaba una joven al azar y le solicitaba ayuda para entrar en su coche al estar impedido de un brazo enyesado. Habiéndose acercado a la víctima, la golpeaba con una barra y la introducía en el coche para llevarla a algún lugar donde sodomizarla con retorcidas vejaciones. Cumplido su cruento ritual, la asesinaba y realizaba prácticas necrofílicas.

Con esta táctica secuestró, violó y asesinó de forma violenta a un gran número de estudiantes de varias universidades de los estados de Oregón, Utah, Colorado y Florida y a varias niñas entre 1974 hasta 1978. El número de asesinatos es impreciso y aunque él confesó haber asesinado a 28 mujeres sólo se encontraron y constataron 14 cuerpos.

La detención, fuga, reincidencia

La espiral de desenfreno de Bundy hizo mella en su figura como ciudadano y fue detenido en varias ocasiones debido a su mala conducción. Gracias a eso, la policía encontró en su coche material que le señalaría como el presunto asesino que llevaban tiempo buscando.

Aunque Bundy fue arrestado y encarcelado a la espera de juicio, llegó a escaparse en dos ocasiones de la cárcel para continuar con su carrera criminal. La compulsión, la urgencia por matar y la falta de temor por ser atrapado le impedían detenerse y agudizaban su sadismo. Lejos de mostrar un perfil de psicópata reactivo, que mata solo cuando se siente presionado mentalmente, Bundy era un adicto; necesitaba su dosis de secuestro, violación y muerte. 

Tras su segunda fuga el 30 de diciembre de 1977 y un vago intento de pasar desapercibido cerca de Miami, la sed de sangre de Bundy volvió a desatarse. Su último objetivo, en enero de 1978, fueron las estudiantes que pernoctaban en la Fraternidad Chi Omega de la Universidad Estatal de Florida.

Bundy entró en el edificio de noche y, habitación por habitación, golpeó a las estudiantes con un leño de madera destrozándoles el cráneo para vejar, morder y mutilar sus cadáveres. Esa misma noche, asaltó la casa de su penúltima víctima, Cheryl Thomas, con quien de nuevo repitió su ritual.

Días más tarde aún le quedarían más fuerzas para ponerle la guinda a su carrera sangrienta con otra violación y asesinato desmedidos: una niña de 12 años.

Rasgos de un psicópata de libro

El perfil psicopático de Theodore Bundy es un ejemplo perfecto de asesino en serie y cumple prácticamente todos los requisitos establecidos por los expertos en criminología:

– Infancia traumática: llena de mentiras, el abandono de su madre y abusos de su abuelo.
– Narcisismo: todo giraba en torno a él, procurándose todo tipo de lujos y bienestar.
– Megalomanía: llegando incluso al robo para conseguir ascender de estatus.
– Sociopatía: su carisma, el encanto personal, su don de gentes y la facilidad de palabra le hacían integrarse perfectamente en la sociedad, pese a sentirse fuera de ella.
– Engaño y manipulación: atraía a sus víctimas con engaño, unas veces fingía estar desvalido y otras se disfrazaba de agente de la ley.
– Dominación sexual: obtenía el placer sabiéndose dueño de la vida y la muerte y sus crímenes tenían una alta carga necrofíilica.
– Falta de empatía y remordimientos: la reincidencia y el sufrimiento que causaba son una muestra de incapacidad de ponerse en el lugar del otro.
– Manía persecutoria: su fijación por un determinado tipo de víctima marcó todos sus crímenes.
– Compulsión: su deseo continuo de asesinar, aún después de haber sido detenido y encarcelado, deja una prueba evidente de su enfermedad mental.
– Necesidad de emociones fuertes: buscaba continuamente situaciones cada vez más arriesgadas sin tener en cuenta las evidencias que iba dejando por el camino y que más adelante le incriminarían.

Juicios en serie

Ted Bundy sabía cómo manejarse ante la ley y utilizó toda su perspicacia y conocimiento legal para eludir y dilatar su condena. Llegó incluso a representarse a sí mismo en un proceso judicial que duró 5 años desde su acusación en 1975 y hasta la sentencia.

En 1980 fue condenado a la silla eléctrica gracias a la prueba concluyente del odontólogo forense, que identificó la morfología de su dentadura en una de las víctimas. Ted Bundy fue ejecutado 9 años más tarde, dejando tras de sí una lista de 28 víctimas y un pasado negro en la historia de América.

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