6 DE noviembre DE 2019

Parece el argumento de una película de terror, pero nada más lejos de la realidad. En una pensión de dudosa reputación, en el barrio tinerfeño de La Cruz se cruzaron los caminos de dos víctimas con un denominador común, su asesino.

Jose Antonio «Jala» fue un niño problemático, con una infancia y adolescencia complicadas que le llevó a ser un consumidor de drogas habitual y un visitante asiduo a instancias penitenciarias. En su mayoría los delitos eran o bien por drogas o bien por malos tratos a mujeres. En 2009 Jala era todo un especialista en localizar a personas que cobraban ayudar por invalidez o incapacidad. Las extorsionaba y maltrataba para hacerse con esas ayudas. Una de esas personas era Adoración, una tinerfeña de 34 años que cobrara 400€ por una invalidez. Vivía en la pensión del barrio de La Cruz, en la habitación 207, alejada de su hija y de sus nietos y era una consumidora habitual de drogas, motivo por el cuál conoció a Jala. Ambos comenzaron una relación amorosa que se tradujo en varios vis a vi mientras Jala estaba en prisión y a transferencias habituales de 700€ de Adoración a Jose Antonio. Al poco de salir de la cárcel, Jala y Adoración volvieron a su pensión y decidieron compartir habitación, la 306.

Habían pasado varios meses cuando la hija de Adoración extrañada por no saber nada de su madre desde hace años fue al banco a comprobar los movimientos de la cuenta. La cuenta de su madre llevaba cuatro años sin ningún movimiento y con los 20.000€ que tenía intactos. Acto seguido fue a la comisaría a denunciar su desaparición. La policía comenzó a trazar una red para dar con los últimos movimiento de Adoración. Toda esta investigación les condujo a Jala. Cuando fueron a entrevistarle vieron que estaba cumpliendo condena por haber matado a un hombre en silla de ruedas en el 2010. El lugar del asesinato, la habitación 306 de la pensión. Cuando los policías investigaron la habitación dónde asesinaron al hombre encontraron una salpicadura de sangre de mujer de la que no pudieron saber nada más. Corría el año 2010 y nadie había denunciado aun la desaparición de Adoración.

Tuvieron que pasar tres años más para que la investigación diera un giro definitivo. En 2016 un grupo de chicos encontraron un petate con el logo de Instituciones Penitenciarias. En su interior, restos humanos. Tras someter los restos a pruebas de ADN no había duda, eran los huesos de Adoración. La conexión con Jala era clara, pero aun así necesitaban una prueba en firme para acusarlo también de este delito. Cuando el juez ordenó analizar el teléfono móvil del detenido y tras un exhaustivo programa de recuperación de datos borrados, la evidencia fue clara. La foto de Adoración sobre la cama de la habitación 306, con la cara amoratada por los días que llevaba fallecida y con claros signos de violencia. Jala había esperado a que pasara el rigor mortis y la metió doblada en el petate que más tarde arrojó al barranco.

 

 

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