11 DE octubre DE 2019

La mañana del 22 de abril de 2016, el condado de Pike en Ohio (EEUU) se despertaba ajeno lo que acababa de ocurrir horas antes. Aparecieron ocho miembros de la familia Rhoden asesinados en cuatro casas diferentes. La mayoría yacía en sus camas, con disparos en la cabeza. Los fallecidos Christopher Rhoden, su exmujer Dana, sus tres hijos de 20, 19 y 16 años, Frankie, Hannah y Chris. La prometida de Frankie, el hermano de Christopher y su primo Gary. Ocho miembros de la familia Rhoden de los que tan solo sobrevivieron un niño de tres años, un bebé de seis meses y otro de cuatro días.

Fue entonces cuando la policía del condado de Pike se puso manos a la obra, ya que estaba claro que no se trataba de un suicidio colectivo sino de una matanza a sangre fría planeada y por tanto, el asesino o asesinos estaban campando a sus anchas. Vinieron investigadores de todo el país para ayudar a la policía local. Se comenzó una macrooperación de rastreo de pistas y de interrogatorios a todo aquel que conociera a la familia. Incluso un empresario de la zona ofreció una recompensa para cualquiera que pudiera dar una pista fiable que pudiese ayudar a la investigación.

Tras dos años de investigación y ninguna pista fiable ni ninguna línea de investigación que llegara a buen puerto ocurrió lo inesperado. El 13 de noviembre de 2018 la policía de Pike detuvo a seis personas por el crimen de los Rhoden. Se trataba de seis miembros de de la familia Wagner. El nexo entre varias familias era una pequeña de tres años, hija de Hannah Rhoden (asesinada) y Jake Wagner. Fue entonces cuando tras los interrogatorios vieron el móvil de todo, la custodia de la pequeña Sophia, la hija que ambos tuvieron cuando Hannah solo tenía 15 años y Jack 20. Por este motivo, Jack estaba imputado por un delito sexual.

Aunque estas detenciones sorprendieron a todos, lo cierto es que la policía puso a los Wagner en su radar un año antes de su detención, un año después de la masacre. Encontraron documentos falsificados, cámaras y hasta piezas con las que construyeron los silenciadores que usaron aquella fatídica noche del 22 de abril de 2016.

La familia Wagner fue muy amiga de la familia Rhoden en el pasado, por lo que conocían a la perfección las casas donde vivían así como sus rutinas. Aun así planearon supuestamente durante meses los asesinatos, haciendo diarios sobre a dónde iban y dónde estaban en cada instante así como controlar los dispositivos de seguridad que tenían las cuatro casas. Con la detención del clan familiar, quedaba atrás un dispositivo monumental para un pequeño condado norteamericano: 1000 pistas investigadas, más de 800 pruebas y 550 interrogatorios daban sus frutos.

Aun hoy, la sentencia sigue sin estar en firme. Llevan tres años con las vistas preliminares ya que los Wagner defienden su inocencia a capa y espada. Aun habrá que esperar el desenlace de esta matanza.

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