1 DE diciembre DE 2016

Las víctimas de secuestro, violación o maltrato pueden llegar a sufrir algunos episodios postraumáticos como el denominado síndrome de Estocolmo. Se trata de un trastorno mental transitorio que provoca una reacción psicológica empática y de complicidad con el agresor llegando, incluso, a ser un obstáculo en la operativa de liberación.

Un atraco: el origen de la denominación

El 23 de agosto de 1973, el Banco de Crédito de Estocolmo fue asaltado por un solo hombre, Jan Erik Olsson. El atracador tomo cuatro rehenes y los amenazó de muerte durante todo el atraco para conseguir su propósito. Sin embargo, lo sorprendente fue que los rehenes impidieron a toda costa la captura de su secuestrador posicionándose en contra de los agentes. Así fue como el psiquiatra asesor de la policía sueca acuñó el término.

Natascha: una esclava escondida en un zulo

La niña austriaca de 10 años fue secuestrada a la salida del colegio por un ocioso heredero millonario. El raptor la retuvo durante 8 años en un zulo hasta que finalmente pudo escaparse. Posteriormente el captor se suicidó lanzándose a las vías del tren. Cuentan que la joven lloró cuando supo de su muerte e incluso encendió una vela por él.

Patricia Hearst y la causa de Robin Hood

Heredera del imperio de comunicación americano, fue secuestrada por el Ejército Simbiótico de Liberación, un grupo revolucionario de izquierda. El padre de la secuestrada pagó un rescate de 6 millones de dólares que los raptores destinaron a los pobres. Sin embargo, su hija nunca fue liberada al unirse a la causa rebelde. Fue encarcelada tras el asalto al banco Hibernia de San Francisco y liberada 22 meses después al aceptarse el alegato de estar bajo el síndrome de Estocolmo.

Colleen Stan: su vida en una caja

Tenía 20 años cuando fue secuestrada mientras hacía auto stop por una pareja con un bebé. Permaneció 7 años en casa de sus raptores bajo amenaza de estar vigilada por la Sociedad de Esclavos para la que había firmado un contrato vinculante de esclavitud. La joven habitaba 22 horas al día en una caja de madera debajo de la cama del matrimonio. Con los años se le permitió tener un trabajo de recepcionista. La pesadilla acabó cuando la esposa, víctima anterior de su marido, le contó toda la verdad. Colleen regresó a su casa paterna y Cameron Hooker fue condenado a 104 años de cárcel. Su esposa consiguió inmunidad judicial por testificar contra él.

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