El asesino del Green River

Gary Ridgway más conocido como El asesino de Green River, fue un asesino en serie condenado por el asesinato de 48 mujeres. Aún así, posteriormente confesó haber matado a 71 mujeres.

INFANCIA

Creció en una casa donde las normas estrictas estaban a la orden del día. Su madre maltrataba física y psicológicamente a Gary y sus dos hermano, creando en él un pánico incontrolable. Esa presión que sentía comenzó a exteriorizarla en un comportamiento perturbador. Comenzó a matar pájaros con una escopeta de aire comprimido para más tarde, torturar y matar a animales como gatos o perros. Pero esos actos no saciaban sus instintos más enfermizos, por lo que con tan solo 14 años apuñaló a un compañero de su colegio sólo para saber qué se sentía matando a alguien.

 

CRÍMENES

Gary Ridgway creció escuchando a su padre insultar y censurar la presencia de prostitutas en la carretera y en los alrededores de su localidad. A pesar de una fe religiosa exacerbada, Gary era un habitual entre las prostitutas a pesar de odiar a todas las mujeres. Su apetito sexual demandaba practicar sexo varias veces al día pero a pesar de ello, sus rasgos físicos (1,55 cm de altura y 70kg) le hacía pasar desapercibido entre el resto de vecinos.

Sus primeros asesinatos tuvieron lugar entre 1982 y 1983 y fue entonces cuando los primeros cadáveres fueron hallados por la policía en los alrededores del Río Verde (Seattle). El patrón que seguía era prostitutas entre 15 y 35 años, su mayoría de los alrededores a su residencia o trabajo. Tras algunos años en los que los cadáveres se siguieron sucediendo, las trabajadoras sexuales alertaron a la policía de Gary Ridgway. Era un habitual de la zona y las coincidencias entre las mujeres desaparecidas y sus visitas eran claras. La policía le detuvo para interrogarle, al corroborar que la desaparición de otra mujer coincidía con una ausencia injustificada del trabajo. En el primer interrogatorio del año 1987, fue sometido al polígrafo (el cuál superó) y su casa registrada, sin encontrar indicio alguno de su vinculación con los crímenes. Aun así, le tomaron las huellas dactilares así como muestras de cabello y saliva.

 

MODUS OPERANDI

Gary se acercaba a las mujeres y las convencía para subir a su coche. Una vez que las llevaba a una zona alejada, las obligaba a mantener relaciones sexuales para después asfixiarlas y dejar sus cuerpos ocultos en la maleza. Tampoco escondía mucho los cadáveres ni los tiraba al río ya que Gary volvía varias veces para ver cómo iba descomponiéndose y abusar de ellos sexualmente, saciando su necrofilia. 

 

DETENCIÓN

De 1982 a 1988, los cuerpos que iban apareciendo se iban sucediendo, con periodos más «tranquilos» y otros en los que podían aparecer hasta dos cuerpos a la semana. Aun así, no conseguían dar con el asesino detrás de estos crímenes. En 2001 el sheriff Dave Reichert se hizo cargo del caso con un único objetivo, dar con el asesino. Las técnicas y métodos de análisis habían evolucionado y una nueva tecnología novedosa prometía arrojar luz sobre los asesinatos, la prueba de ADN. 

Cuando el informe del análisis genético llegó, un rayo de luz inundó a Reichert de esperanza. Tenían un resultado positivo, una muestra de semen de una de las víctimas correspondía con un fichado, Gary Ridgway. 20 años después de los primeros crímenes, habían encontrado al asesino. Fue entonces cuando comenzaron a contrarrestar el resto de muestras de semen de las otras víctimas y las coincidencias fueron saliendo una a una.

 

JUICIO

Ridgway fue llevado ante el juez con tres positivos de tres víctimas y una cuarta por restos de pintura. En 2003 y delante del tribunal, Gary confesaba todos los crímenes, dando los datos exactos de dónde estaban todos los cadáveres para así, poder evitar la pena de muerte. 49 cuerpos o sus restos pudieron encontrarse.

En una de las declaraciones, Gary explicó minuciosamente cómo tenía el deseo de matar a mujeres, quiénes fueran, aunque prefería a las prostitutas ya que era más complicado que alguien las echara en falta. Después de muertas, las iba apilando en «racimos» para que una vez estuviera completo, crear un nuevo racimo y evitar ser pillado si volvía en muchas ocasiones a abusar de sus cuerpos. Fueron tantas las víctimas, que perdió la cuenta de cuántas fueron, aunque calcula que más de 70.

El juez le condenó a 49 cadenas perpetuas consecutivas sin posibilidad de reducción o libertad condicional y permanece desde el 2003 en la Penitenciaria del Estado de Washington.

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