“El Monchito” asesina a Juana Arribas García

11 DE Enero DE 1951

 

Corría el año 1952 en Madrid, cuando en un día como hoy, Ramón Oliva Márquez se presentaba en la casa de Rafael Caballero Quiroga. Llamaba insistentemente a la puerta, pidiéndole a su mujer, Juana Arribas García que le dejara entrar, ya que le traía un mensaje muy urgente a su marido. Parece ser que ella era profundamente desconfiada y no abría en ninguna ocasión a ningún extraño que llamara a la puerta. El extraño se fue y ella volvió a los quehaceres de su casa.

 

Su marido era el propietario de un taller de vehículos en la cercana calle de Andrés Mellado en el que también trabajaba el hijo del matrimonio y el negocio iba bien. Allí, además de hacer trabajos de mecánica, chapa y pintura, también se producía la compraventa de coches, para lo que Rafael solía necesitar dinero en metálico, que guardaba en su casa. Concretamente en un armario. Eran las 19:30h de la tarde, cuando padre e hijo se hallaban en el trabajo y el extraño que había llamado a la puerta insistentemente hacía un rato, volvió a hacerlo.

 

Esta vez ella abrió la puerta ante tal premura. Al otro lado se encontraba un joven de unos 20 años, de constitución delgada. Pedía llamar por teléfono a su marido ya que tenía un mensaje muy urgente para él, así que ella lo acompañó. Antes de llegar, el joven repentinamente le golpeó en la cabeza con un objeto que llevaba en la mano. La mujer, herida y sangrante, trató de escapar mientras pedía ayuda con toda la fuerza que podía, pero nadie acudió en su ayuda. El atacante cogió un cuchillo y le cortó el cuello. Según diferentes versiones, la muerte se produjo por un solo corte o incluso por hasta tres, pero de lo que no hay duda es que ella murió desangrada en minutos a causa de un profundo corte en la yugular. Quedó tirada en la entrada de la casa, justo tras la puerta. Mientras, el asesino, rebuscaba por toda la casa, sabía que guardaban dinero y estaba decidido a encontrarlo. Tras unos minutos encontró 72.000 pesetas que Ramón guardaba en el armario, las cogió junto con algunas joyas y otros objetos de valor y se marchó.

 

El hijo del matrimonio acudió a casa tras la jornada laboral y al tratar de abrir la puerta de su casa, se percató de que había algo que se lo impedía. Era el cuerpo de su madre que yacía en el suelo tras la puerta. Llamó a la policía.

 

 

INVESTIGACIÓN

 

A pesar de ser un asesinato desafortunadamente normal, se hizo muy mediático y los diarios contaban cada novedad del caso. La policía interrogó a todos los vecinos, a los familiares y a otra gente que pudiera estar implicada o saber algo. Cuando ya no se tenían muchas esperanzas de encontrar al asesino, interrogaron a los trabajadores que XX empleaba en su taller. El asesino había preguntado al portero y a un niño que vivía en le mismo portal de la víctima si Ramón se encontraba en casa, a lo que contestaron que no, que le habían visto salir. Esta torpeza facilitó que pudieran describir, en un interrogatorio de la policía, las características físicas del malhechor. Un joven de unos 22 años, de complexión delgada. Preguntados los trabajadores del taller por un chico con tales características, recordaron que alguien así había trabajado esporádicamente en el taller, lavando coches, y que había incluso cogido confianza con el encargado pero que abandonó el trabajo. Su nombre era Ramón Oliva Márquez y le llamaban El Monchito. El marido recordaba quién era, y recordaba que durante su trabajo en el taller, le había mandado varias veces a su casa a recoger dinero para la compraventa de los coches, por lo que sabía a ciencia cierta lo que había.

 

Sabiendo su nombre, le buscaron y le encontraron. Detuvieron a sus padres, a su prometida y al padre de su prometida y les interrogaron. Parece ser que quería contraer matrimonio con su novia a toda costa, pero no tenía dinero, por lo que decidió cometer el robo. Él confesó y fue detenido y metido en prisión.

 

GARROTE VIL

 

Tras el juicio, en el que su abogado trató de disminuir la pena alegando retraso mental, fue condenado a garrote vil. Unos meses después, el verdugo daba dos vueltas de rosca al garrote y El Monchito moría. Este verdugo fue el que, tiempo después, volvió a matar a José María Jarabo, un conocido asesino de Madrid.

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